Desde hace varias décadas se conoce que el hipotálamo, situado en la zona central de la base del cerebro, tiene un papel fundamental en la regulación de las sensaciones de hambre y saciedad.

Más recientes fueron los hallazgos de la leptina, una proteína producida en las células grasas sobre todo con efecto inhibidor sobre el apetito y de la grelina, proteína de origen gástrico y pancreático llamada “la hormona del hambre” por ser estimulante del apetito.

Estos descubrimientos han tenido gran importancia, pero el metabolismo energético es un complejo sistema de retroalimentación con el objetivo de mantener la energía estable y en el que participan multitud de “informadores” orgánicos, desde el aparto digestivo, al tejido adiposo o a glándulas endocrinas, que producen insulina, cortisol, catecolaminas o tiroxina existiendo siempre activadores e inhibidores del apetito.

Estas señales son dirigidas a los receptores neuronales del hipotálamo que modulan la conducta alimenticia, recibiendo también la información externa en lo referente a temperatura, horas de luz, hábitos, interacción con el medio ambiente, órganos sensoriales… Con todo ello, el hipotálamo, actúa liberando factores hormonales que armonizan la respuesta fisiológica de hambre y saciedad.

Muchos de ellos son neuropeptidos o neurotransmisores como la oxitocina, la melatonina, las endorfinas, serotonina o la dopamina, entre otros, de gran importancia en el establecimiento y control de la conducta alimenticia.

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